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Blog Hablemos de Pareja y Sexualidad

Pareja y Sociedad: el impacto de los cambios culturales y socio-psicológicos

Por Alejandra Godoy Haeberle
25 marzo, 2010

Infidelidad

Las transformaciones ocurridas en las últimas décadas tuvieron efectos psicológicos más globales en la sociedad, afectando no sólo nuestra forma de vivir y de relacionarnos, sino que también desembocó en una profunda revisión de nuestras creencias y valores. La cultura en general se fue desacralizando, se hizo más abierta al cambio, más libre e informal, menos rígida y menos autoritaria. Se intensifica el inconformismo y el rechazo a las normas prescritas, impuestas por una autoridad o moralidad institucional externa – sea social, religiosa o política – respecto al comportamiento personal. Lo que ha ocurrido, en el fondo, es una metamorfosis del conjunto de los valores contemporáneos, renovándose los fundamentos de la ética así como las nociones de “verdad”, “bien” y “justicia”.

La moralidad universal de antaño va desapareciendo; los valores cuasi sagrados se secularizaron o fueron rechazados livianamente, sin mayor análisis y surgen códigos éticos fragmentados. Ahora, cada uno construye sus propios valores personales, dentro de una cultura donde reina una infinita pluralidad de alternativas y una ilimitada tolerancia, donde casi nada nos genera culpa, ni nos es tabú ni nos escandaliza, nada es mejor ni peor, ni bueno ni malo. Sin criterios valorativos objetivos, sin juicios sobre lo verdadero o justo, sin requerirse justificaciones racionales; todas las opciones nos parecen igualmente válidas y terminamos amparándonos en lo cuantitativo, en la opinión mayoritaria o consensual. Esta nueva postura ética es producto de una actitud a-crítica, casuística y situacional; como dice Bruno, se trata de una soberbia antropocéntrica revestida con términos elegantes tales como individuación e independencia, donde las posiciones son volubles y acomodaticias. Caímos en una relatividad moral, en una permisividad en la que adaptamos nuestros valores a la conveniencia de los requerimientos del sobredimensionado presente (Vattimo).

Dado este presentismo, comenzamos a fijarnos en lo que el mercado nos inducía a valorar, tal como la fama, el poder, el dinero, el exitismo, etc. Nos sentimos impelidos a obtener status y logros, pero ojalá fáciles y rápidos,sin cuestionar el sentido de los mismos. La urgencia de resultados nos conduce a la inmediatez y a la superficialidad; todo tiene que ser instantáneo, no soportamos la espera, no toleramos la frustración y le tenemos pánico al fracaso. Vivimos comparándonos y compitiendo; hay que ganarle a otros para saber cuánto “valemos”. Y, sin resultados reales, recurrimos a las apariencias e incluso a las imposturas. Ya no importa el prestigio del buen nombre, sino la imagen que proyectamos, los oropeles. Buscamos figurar, ser conocido aunque sea por escándalos. Ser ignorado es ser un perdedor, no querido por nadie. Como si, en el fondo, tuviésemos una gran necesidad de ser amados y admirados, haciendo depender nuestra estima de la opinión externa. Nuestro psiquismo se fue volcado hacia fuera, nos fuimos identificando con lo externo, definiéndonos más por lo que primaba en el mercado, por el “hacer y parecer”, que por el “ser”. Nuestros límites se van desdibujando y caemos en una crisis de identidad, de la personalidad individual.

El individualismo nos fue invadiendo paulatinamente, sin darnos cuenta, hasta llegar a un cambio de tono cultural que se caracteriza por una gran exigencia de autonomía y por una exagerada individuación. Aspiramos a una libertad total y absoluta, a vivir sin represiones de ningún tipo, nada debe frenarnos ni amarrarnos. Antes se buscaban soluciones externas; hoy las soluciones pasan por la opción personal, se hace hincapié en la creatividad y expresión personal. Nuestros proyectos – cuando existen – son más bien efímeros y sin mayor significado; nuestros objetivos personales tienden a ser superficiales, facilistas y apuntan a lo externo; sin que estemos dispuestos, además, a conquistarlos mediante el esfuerzo y el sacrificio. Sentimos escasa empatía por los demás o nos son francamente indiferentes; la indiferencia misma nos parece una actitud cool. Fuimos relegando de nuestra existencia lo propiamente humanista. Apenas nos mueven los ideales colectivos, participar en lo público o las injusticias; carecemos de un proyecto común capaz de unificar las motivaciones y de otorgarnos un sentido de pertenencia; así, nos hemos ido aislando socialmente, replegándonos a nuestro pequeño mundo de la pareja, la familia, los amigos reales y virtuales.

Similarmente, nos hemos ido refugiando en nuestro interior, centrándonos en nosotros mismos, en nuestro yo; aspirando, como meta, a ser uno mismo y a lograr el equilibrio interno; mientras que a la vez, buscamos ávidamente satisfacer nuestras necesidades ególatras y narcisistas. No obstante, paradojalmente, paralelamente se fue produciendo un vaciamiento del yo. Al concentrarnos tanto en las apariencias, hemos descuidado el contenido real de nuestro ser y de nuestra existencia, dejando de lado la fidelidad a un proyecto de vida coherente. Se entiende así que tengamos dificultad para disfrutar la vida y que, especialmente cuando nos quedamos solos, nos invada unasensación de vacío (descrito inicialmente en 1983 por Lipovestky en “La era del vacío. Ensayo sobre el individualismo contemporáneo”), el que experimentamos no como tal, sino como una suerte de ansiedad o angustia vagas, como una insatisfacción generalizada en que constatamos que lo tenemos todo, pero no somos felices.

Probablemente en el proceso de intentar calmar o al menos aminorar este vacío, nos fuimos orientando hacia dimensiones psicológicas narcisistas. Nos hemos ido poniendo egocéntricos y hedonistas; sobrevaloramos la juventud, le tememos a la vejez y le rendimos culto al cuerpo, invirtiendo en centros de estética, gimnasios, operaciones estéticas. Hay una aceptación implícita de dejarnos llevar por nuestros deseos y no por los deberes; pareciera que nuestra conciencia estuviese anestesiada, por lo que percibimos amortiguadamente las consecuencias de nuestros actos. Evitamos fóbicamente estar solos y nos abandonamos a nuestros impulsos inmediatos, como si estuviéramos bajo el imperio de los instintos básicos propios del reino animal; permitimos que prevalezca la acción por sobre la reflexión, la sensación por sobre la estabilidad y la profundidad, hipervaloramos al sexo y hemos desvirtuado su sentido; caemos en un polisensualismo, yendo constantemente tras emociones intensas que aturdan los sentidos, tal como la pornografía cibernética, las happy tour, etc.

Si se postergan nuestras gratificaciones, caemos en el infantilismo, nos irritamos e incluso nos ponemos hostiles o nos bajoneamos. Desde unaposición de victima, sea del sistema o de lo que sea, reclamamos un trato de favor que sentimos legitimado y que nos permitiría utilizar cualquier medio para obtener un fin. Hemos desarrollado una “cultura del placer”, una suerte de nueva ética epicúrea muy sui géneris, donde prevalece un mandato de que tenemos que pasarlo bien, nada debe ser fome, nunca deberíamos estar aburridos. En el fondo, buscamos afanosamente esa felicidad que creemos que se nos debe y a la que tenemos derecho. Pero, desde otra perspectiva, al estar preocupados por nuestra felicidad, también lo estamos por la calidad de nuestras relaciones interpersonales.

Hemos ido desarrollando un aparato psicológico sin mayor complejidad interna; aspiramos a un pasar despreocupado y a un continuo estado vivencial ausente de malestar, alentado por un credo terapéutico que refuerza el autoescrutinio psicológico y por una nueva cultura psicológica en la que se sobredimensiona, por ejemplo, la autoestima y la psicofarmacología cosmética. Nos volcamos hacia una vida light, en que se pretende ser divertido e intrascendente, nunca denso. Pasamos de cosmovisiones filosóficas fuertes y bien perfiladas, a modos de pensamiento estereotipados con un matiz nihilista, triviales y débiles, tal como la sensibilidad “psi”, propia de la cultura new age. Sin embargo, por otro lado, un pensamiento más débil posibilita considerar, al mismo tiempo, lógicas múltiples y contradictorias entre sí, fuera de que ayuda a frenar los intentos de imponer por la fuerza una “verdad” totalitaria.

Por tanto, si bien, por un lado, nuestra sociedad es mucho más desarrollada que antes en todo sentido, donde los adelantos tecno-científicos han sido espectaculares, la pobreza ha disminuido, la vida se ha alargado, muchas enfermedades están bajo control, nuestra libertad de pensamiento y acción es increíblemente mayor; por otro lado, casi todas nuestras certezas y esperanzas se fueron derrumbando, así como el sentido más profundo de la vida. Ya no tenemos referentes estables calificados, ya no podemos apoyarnos ni en la religión, ni en la tradición, ni en la ciencia, ni en la razón, ni en grandes líderes ni en proyectos con sentido. Sabemos que no existen las verdades absolutas, nada dura mucho tiempo, jamás podremos abarcar tanta información nueva.

Vivimos en un mundo de paradojas y complejidades, un mundo que nos parece riesgoso e incierto, caracterizado por la transitoriedad y la inestabilidad, donde predominan la velocidad y el olvido; donde la fe, la credulidad, la ingenuidad y la entrega están en retirada; donde reina una gran inseguridad en torno a los valores, los saberes y los vínculos; donde tendemos a la anhedonia, donde nuestra identidad está en crisis y donde la sensación de vacío nos amenaza en cada esquina. Se nos fue generando una sensación de incertidumbre en casi todos los ámbitos, unainquietud y ansiedad permanente, un desamparo tanto en lo personal como en lo socio-comunitario. Nos encontramos inmersos en una crisis personal y social. Hemos dejado atrás el tono esperanzado del Modernismo, apareciendo – a cambio – uno nostálgico o melancólico. Hasta en los menores podemos observar el escepticismo, la desesperanza y el negativismo.

A modo de conclusión, quizás como defensa ante tanto perplejidad, desorientación, frustración, desencanto y alienación – así como buscando escapar de la sensación de vacío e inseguridad – nos hemos ido aislando socialmente y encerrándonos en nosotros mismos, volcándonos hacia unavida individualista, egocéntrica, hedonista y light, con valores permisivos y relativizados, donde nos damos permiso para dejarnos llevar por nuestros impulsos en una búsqueda incesante de logros e intensidad. En sus aspectos más exacerbados, nos hemos inclinado a la egolatría y al narcisismo.

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