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Blog Hablemos de Pareja y Sexualidad

¿Dónde empieza una Infidelidad?

Por Alejandra Godoy Haeberle
19 octubre, 2014

Ruptura sentimental

¿Creen que un coqueteo es infidelidad? ¿Qué pasa con los mensajes privados que tenemos con otr@s por Whatsapp? Hoy en día es cada vez más frecuente que una pareja discrepe en si tal o cual comportamiento es o no infidelidad. El presunto “infiel” insiste en que no lo fue, mientras que el supuesto “engañado” considera que sí lo fue. Y es que antes era mucho más sencillo: si no había habido coito, no había sido realmente infidelidad. Por el contrario, actualmente solemos calificar como infieles comportamientos que van desde consumir pornografía hasta haber conformado dos familias al mismo tiempo. Recordemos que el concepto de infidelidad es una construcción cultural que se transmite de generación en generación y que varía en la medida en que lo hacen una serie de variables del contexto ambiental.

Dado los vertiginosos cambios sociales ocurridos en las últimas décadas – en especial con la llegada de internet y la mensajería – definir este concepto se ha vuelto especialmente controversial. Estamos inmersos dentro de un período de transición en que no hay una única definición de infidelidad sino que coexisten visiones muy distintas, incluso entre los especialistas. Es por ello que no deberíamos hablar de LA infidelidad, sino que de INFIDELIDADES. ¡Son tantos los tipos y grados que el panorama resultante es altamente complejo!.

Cuando hablamos de transición, nos referimos a que los antiguos modelos tradicionales y nuevos modelos posmodernos coexisten, haciendo este concepto más confuso. Es así como quienes son más tradicionales continúan concibiendo la infidelidad desde un doble estándar: los hombres serían infieles por naturaleza, donde el puro coito sin involucramiento afectivo, no tiene ninguna importancia. Mientras que por otro lado asumen que, como las mujeres no pueden evitar involucrar sus sentimientos, una infidelidad femenina es siempre algo serio, haya habido o no sexo.

Desde la otra vereda, quienes están más inmersos en el nuevo modelo posmoderno han ido ampliando enormemente la gama de criterios para definirla, conformando un continuo imaginario que iría desde simplemente soñar con otra persona hasta relaciones paralelas de larga data, pasando por fantasías sexuales, mensajes virtuales o sentimientos románticos platónicos. Al parecer el posmodernismo trajo aparejado lecturas más sofisticadas y exigentes de la realidad. Lo importante es que comprendamos que ambas miradas (tradicionales y posmoderna) cohabitan hoy en nuestra cultura, complicándonos y confundiéndonos. ¿Cómo vamos a definir entonces una infidelidad, dónde empieza realmente una infidelidad?

Pero aunque no hayamos alcanzado aún una definición consensuada, sí se han mencionado algunos indicadores que presumiblemente caracterizarían a una infidelidad: incumplimiento del pacto de exclusividad establecido ya sea explícita o implícitamente con nuestra pareja formal, en la medida en que el presunto trasgresor se habría – de alguna forma – involucrado con otra persona. Dicho involucramiento puede haber sido emocional y/o sexual, en persona o virtualmente, con alguien conocido o desconocido, de mayor o menor intensidad, de corta o larga duración, en una sola ocasión o reiteradamente. Como pueden ver, esta descripción es tan amplia y vaga que, en última instancia, casi cualquier comportamiento ameritaría ser catalogado como de infiel, con las consiguientes consecuencias que ello implicaría para la relación. Es como si ahora todo valiese lo mismo y todo cupiese dentro de un mismo saco.

Entonces, no existiendo una delimitación precisa de la infidelidad, creemos fundamental construirla en pareja. Sería muy importante conversar abiertamente con nuestra pareja, desde un inicio, lo que nosotros dos en particular vamos a considerar subjetivamente como actos infieles. En otras palabras, transformemos un acuerdo implícito y vago en otro explícito y detallado que no deje cabos sueltos que se puedan prestar a futuro para malos entendidos. De este modo, el calificar si hubo o no infidelidad no dependerá de cánones objetivos externos sino que de aquellas expectativas subjetivas que ambos hayamos acordado al respecto. Pero asimismo, como no todos los comportamientos infieles son iguales ni tampoco equivalentes, tendríamos que contextualizarlos, puesto que es muy distinto el daño que puede provocar un acto aislado gatillado por ciertas circunstancias que un involucramiento afectivo-sexual que haya durado años. Para ello les proponemos que ustedes le asignen nombres específicos diferentes a los distintos grados y tipos de infidelidad, teniendo presente además aquellos factores que pueden estar jugando un rol atenuante o bien agravante.

Quisiéramos sugerirles que en este proceso de definición tuviesen en cuenta dos aspectos que consideramos fundamentales: el contexto cultural y el ocultamiento. Dada su larga tradición judeo-cristiana, en nuestra sociedad occidental se nos transmite desde la infancia una postura valórica en torno a la deseabilidad de una exclusividad entre una pareja – tanto en lo afectivo como en lo sexual – por lo que consecuentemente, al consultársele, la inmensa mayoría de la población asegura que la fidelidad es un comportamiento positivo esperable y que la infidelidad, por el contrario, daña cualquier relación. Si antes era socialmente más aceptado el adulterio y las conductas infieles en los hombres, en las últimas décadas el juicio moral y la suposición implícita de un pacto de fidelidad es hoy prácticamente igual para ambos sexos.

Quizás uno de los criterios más indiscutibles para delimitar la infidelidad sea el hecho de que, por lo general, esta acción se ejecuta premeditadamente a escondidas o a espaldas de nuestra pareja, incurriendo en aquellos inevitables disimulos y falsedades que llevan aparejados. Dicho ocultamiento está denotando que el “infractor” es plenamente consciente de que está cometiendo una afrenta, de que está trasgrediendo una cláusula del contrato básico de lealtad asumido por ambos y teme que, de saberse, habría de seguro más de alguna consecuencia negativa.

Todavía algunos justifican la decisión de ser infiel en que la monogamia en los humanos es un mito, como si los impulsos que tienen alguna base biológica constituyesen un determinismo absoluto contra el cual nada pudiésemos hacer, olvidando que la infidelidad es una conducta y, como tal, es siempre una decisión voluntaria. Así que en vez de quedarnos atrapados en la bizantina discusión de si somos o no infieles por naturaleza, habría que comprender más a fondo en qué consiste y cómo afecta una infidelidad a nuestra pareja. Más que una norma moral, el comportamiento infiel estaría contraviniendo un ideal ético que subjetivamente anhelábamos respetar y un acuerdo que nos proponíamos cumplir. Al tomar la decisión de ser infiel estamos rompiendo un pacto de lealtad que le va a ocasionar sufrimiento a nuestra pareja junto con la pérdida de confianza producto de las mentiras. Y, lo más importante en toda esta discusión: No tapemos el sol con el dedo y miremos el dolor que podemos causar.

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